Resplandece en ella una chispeante luz proveniente de un farolillo. Al lado opuesto del mismo, se acomoda otro exactamente igual, solo que roto, producto quizá de alguna inoportuna e imberbe travesura. A pesar de ello, era un lugar tranquilo donde presidía la calma. Quietud que reposaba sobre unas vías férreas semejantes a dos líneas infinitas y paralelas que se extendían por el suelo más allá de lo que la vista alcanzaba a ver. Lejanía y frialdad; dos palabras que definían aquellas líneas de hierro.
Aquella madrugada, a las 5:00 alguien se alojaría allí por un instante, por un momento…
Los 8 ºC de temperatura no hacían de ella un lugar acogedor, más bien todo lo contrario. Pero con esa fría temperatura es como nació el crepúsculo matutino aquella mañana de septiembre. Despuntando con un ambiente donde podía advertirse algo de niebla encargada de arropar con delicadeza el rocío que la noche había dejado.
Al menos, los dos bancos que allí había eran de madera y Clara se pudo sentar en unos de ellos, el otro estaba roto. Miró a su alrededor, respiró hondo, guardó el aire durante un segundo y soltó el aire de golpe. Parecía guardar en su interior un peso grande del que no era consciente. Trató de esconder su garganta y parte de su rostro tras la bufanda que su abuela había tejido para ella. Allí no había nadie. Mientras, se concentró en escuchar cómo se alejaba poco a poco el ronco ruido que hacía el motor de la furgoneta de su padre, quien la había llevado hasta allí antes de entrar a trabajar en la panadería. El motor susurraba a lo lejos… hasta que dejó de oírse… Estaba sola. Estaba ella consigo misma.
Hacía mucho frío, cosa que le hizo recordar la tacita de café caliente que su madre todas las mañanas preparaba. Recordó en especial el café que aquella mañana le calentó las manos… ¡qué bien le vendría una de aquellas tacitas con café!... Fue cuestión de segundos para que le invadiese un sentimiento de nostalgia hacia aquellas deliciosas tacitas ¿Cómo sería a partir de ahora?
El tren tenía prevista su salida a las 5:30, por lo que minutos antes debía de aparecer en la estación. Posiblemente fuesen las 5:10, pero Clara no lo sabía, no tenía reloj y el de la estación estaba parado.
Pensó por un momento sacar uno de aquellos libros que llevaba en su equipaje de mano y que tanto le gustaban, pero decidió no hacerlo. Tenía frío y sería mejor guardar sus manos en los guantes y esconderlas así en los bolsillos de su abrigo.
Tenía 16 años y quería estudiar veterinaria. Siempre le habían fascinado los animales. Soñaba con tener su propia clínica en el pueblo, la más cercana estaba a 12Km. En el pueblo donde ella vivía, los animales eran una de las maneras con la que sus habitantes se ganaban la vida, por lo que mucha gente los tenía.
Siempre había dicho que quería estudiar en la ciudad, pero su familia nunca terminaba de convencerse y trataban de pactar con el tiempo con un “ya veremos”. Pero la hora había llegado. Sus padres preferían que no se hubiese ido, pero por otro lado, entendían que allí no podía alcanzar su meta, su sueño. Les tranquilizaba pensar que viviría en casa de una de sus tías, que, a pesar de no verla demasiado, era familia. Allí, en la ciudad, cursaría bachillerato y finalmente accedería a la carrera que ella tanto deseaba. Siempre quedaría el verano y las vacaciones para volver al pueblo donde… Un momento… Clara nunca había salido del pueblo… Y esto era algo que en cierto modo le inquietaba…
Tenía en la cabeza la despedida de su familia, su abuela, su padre, su madre… Aquella mañana su madre se levantó mucho antes de lo normal para preparar el desayuno y arreglar parte del equipaje para Clara.
Desayunaron todos juntos, como de costumbre, pero el ambiente que se respiraba era distinto… Clara estaba muy ilusionada y no entendía el comportamiento de sus padres. No entendía cómo su madre, al despedirse, era capaz de mostrarse triste y feliz. Sonreía y lloraba. Le dedicaba tiernas palabras acompañadas de un sinfín de consejos y un continuo “llámame en cuanto llegues”… ¿Cómo podía sentir alegría y tristeza a la vez?
Clara se mostraba entusiasmada, quitándole importancia a las preocupaciones de su madre y respondiéndola con un “Sí mamá, no te preocupes, te llamaré en cuanto llegue, te llamaré todos los días… ¡y deja de darme consejos que no soy un bebé!” Su abuela se mostraba algo impaciente, pero se la veía tranquila y su padre se limitaba a equilibrar la tensión que aquella situación desprendía. Él expresaba menos que su madre, pero sentía todo cuando ella decía, y con esa carga de emoción fue el “Ten cuidado y llama a mamá cuando llegues.” Con el que se despidió de ella en la estación junto con un templado beso en la mejilla de la joven Clara.
El tren tenía que estar a punto de llegar… Entre el frío y la inquietud Clara había perdido por completo la noción del tiempo y deseaba ansiosamente la llegada del tren. Con su rostro medio escondido tras la bufanda, soplaba desde dentro para darse calorcito en la cara, sentía la nariz muy fría y pensaba que seguramente la tenía roja. Entretanto, comenzó a distinguir una luz que poco a poco se aproximaba. Era el tren. Sintió un escalofrío por el cuerpo. Aquella luz era señal de que su hora de partir se acercaba.
Se puso en pie y cogió su equipaje. Pareció pesarle más de lo que creía recordar y pensó que sería posiblemente debido a la sensación de frío que tenía.
Finalmente una vieja locomotora paró frente a ella. Tras haberse familiarizado con aquella estación tan desierta, el estruendo de aquella máquina no parecía encajar mucho allí, pero no importaba demasiado… sólo sería un momento, un instante…
Al entrar en el tren, advirtió una agradable temperatura y tomó asiento, el vagón estaba vacío. Se quitó los guantes y bufanda para acomodarse mejor. Estaba algo nerviosa. Miró por la ventana, allí quedaba la estación. Abrió su equipaje para escoger un libro que le sirviese de compañía en el trayecto.
Al abrir la bolsa y revolver en ella para coger el libro, vio la comida que su madre le había preparado, el monedero que su abuela le había tejido en su color favorito, el pan que su padre hacía con sus propias manos en la panadería, alguna que otra fotografía familiar…
Se paró por un momento y volvió a mirar a través de la ventana. Observó aquella vieja estación donde había estado esperando al tren casi sin ser consciente de ello. Sonó el silbato y su cuerpo se estremeció… Se dio cuenta de que en su maleta no sólo había objetos, cosas que podía ver y tocar… No sólo viajaba con ella lo que llevaba guardado en su bolsa, también iban con ella sus recuerdos, sus vivencias… Y a pesar de especular siempre el futuro, en aquel momento, volvió la vista atrás.
¿Cómo podía sentir alegría y tristeza a la vez? Por fin lo sintió, por fin lo entendió, y no pudo evitar desencarcelar las lágrimas que por tristeza y alegría, brotaron de sus ojos.
Miriam Gómez.

2 comentarios:
Hola Mirian:
Bella metafora, para la identidad, la del TREN, LA DEL VIAJE, LOS RECUERDOS...
Sintonizo y me siento identificada, porque estoy en un tránsito y volvió a mí por arte de MAGIA, una canción de ANA BELÉN, que dice así:
Sentada en el anden,
mi cuerpo vibra y puedo ver,
que a lo lejos brilla el viejo tren,
con recuerdos del ayer,
! No llevaré ninguna imagen de aquí !,
me iré desnuda ,igual que nací,
debo intentar a ser yo misma y saber,
¡ que soy capaz de volar ¡ç
ME SUBO A TU TREN SI ME DEJAS......1 beso
Hola Carmen!!!
Gracias por tu comentario!! Me alegro que te haya gustado este pequeño relato.
En él trato de plasmar un momento significativo en el desarrollo de un adolescente en el que se "produce" un cambio...
En lugar de ponerlo de manera teórica, me he ido a la práctica... y no ha sido fácil pero bueno... hecho está :)
La letra de Ana Belén le pega bastante, gracias por tu aportación :)
Te dejo subirte al tren, claro que sí! Aunque tendrás que compartir asientos con viajeros como "creatividad", "naturaleza", "música"... espero que no te importe... El piloto creo que se llama "Tiempo", y las paradas están conexionadas unas con otras... como la vida misma... ;)
Saludos!!!
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