Cada uno de ellos con sus características, las cuales nos permiten hacer diferencias entre unos y otros, pero esas características, no sólo se dan por el ambiente, sino también por las actividades que nosotros desarrollamos en él. Estas actividades estarán en mayor o menor medida regidas por una serie de normas. Bien impuestas, bien implícitas, bien en base a nuestros principios…
Y cómo conectemos los diferentes espacios, dependerá de nosotros. No podemos estar en dos sitios a la vez. Dos sitios distintos, no pueden estar en un mismo espacio. No podremos estar en la calle y en el trabajo simultáneamente. Aunque cabría destacar que, si por ejemplo, nuestro trabajo se desarrollase en la calle (repartir publicidad) será diferente cuando estemos trabajando a cuando estemos paseando, ya que normalmente no iremos repartiendo publicidad mientras paseamos.
Dos actividades diferentes pueden hacer de un mismo lugar, dos escenarios distintos.
Todos los espacios en los que vivimos, forman parte de nuestras experiencias. Y cabría destacar que poseemos una facultad humana por la cual estando en un lugar, podemos recordar otro, lo cual nos facilita el poder realizar conexiones entre distintos escenarios.
Todas y cada una de las situaciones son como una puesta a prueba de nosotros mismos. Un billete con destino a nuestro “yo” si aceptamos la reflexión como moneda de pago. De nuestra mano está también pagar por adelantado; reflexionar sobre nosotros mismos sin que se dé ninguna situación que lo desencadene.
Pero claro… la reflexión que hagamos no se procesará de igual manera en todos los individuos, existirán diferencias.
Cómo y qué nos preguntemos será clave, pero más aún lo será si somos capaces de dar respuesta al por qué de cada uno de nuestros actos y no actos para así intentar llegar a “conocernos”.
Aunque supongo que no únicamente vale con ponernos a examen, ¿Somos conscientes mientras nos evaluamos de si estamos sujetos a la percepción que tenemos de nosotros mismos? ¿Somos conscientes de si estamos sujetos a la percepción que los demás tienen de nosotros?
¿Somos capaces de desligarnos de todas esas percepciones para tantear a nuestro yo…?
¿En qué tablero, en qué escenario?
Cuando una partida comienza, la razón tira los dados y el yo mueve las fichas.
La moral pone las reglas, y la conciencia, atenta al movimiento se pregunta, “¿Qué es yo?”
Despacio, da la vuelta a su carta y… ¡¡un comodín, sí señor!!
Pero… La partida no está ganada, el comodín invita a meditar más… “¿qué es yo?”
Según cómo se plantee la jugada… podrá ser real, o pura ilusión.
Qué complejos son los sistemas si nos planteamos examinarlos con atención.
Qué complejo es un sistema que alberga sistemas conectados.
Qué complejos los pequeños sistemas que pertenecen a sistemas superiores…
Qué complejos nosotros mismos como sistema…
Qué complejo mi yo conexionado.
Qué simple el sonido yo.
¿Es ilusión?
¿Es real?
Yo

2 comentarios:
Hola
Me gusta lo del comodín, representando al yo. Y como muestra un botón metafórico, ja... En este caso, el yo sería un ¡camello!, en este caso el camello 18... ja...
Un viejo sabio andaba a camello hacia Medina. En el camino vio un pequeño rebaño de
camellos, a su lado estaban tres jóvenes con caras muy tristes.
"¿Amigos, qué les ha pasado?" preguntó el viejo y el mayor de los tres contestó: "Se murió
nuestro padre."
"¡Que pena me da! ¿Pero seguramente qué él les habrá dejado algo?"
"Sí" contestó el joven, "estos mismos diecisiete camellos. Ellos son todo lo que nuestro padre
tenía."
"¡Pues tienen que estar contentos! ¿Porqué entonces se sienten tan agobiados?"
El hermano mayor respondió: "Es que tenemos un problema. - La última voluntad de nuestro
padre era que yo reciba la mitad de su propiedad, mi segundo hermano una tercera parte y el
más joven una novena parte. Ya hemos hecho todo lo posible para repartir los camellos, pero
no se puede."
"¿Y eso es todo lo que les preocupa, mis amigos?" preguntó el viejo sabio. "Pues, tomen un
momento mi camello y miren lo que pasa."
De los 18 camellos el hermano mayor recibió entonces la mitad, es decir nueve camellos; asi
quedaron nueve. El segundo hermano recibió una tercera parte de los 18 camellos, es decir 6,
lo que los dejó con tres. Como el más joven de los hermanos tenía que recibir una novena
parte de los camellos, es decir dos, quedó al final uno sólo. Era el camello del viejo sabio.
El volvió a montarlo y siguió su camino despidiéndose con una sonrisa de los hermanos, ahora
por cierto muy contentos.
Lynn Segal: El décimo octavo camello, o sea: el mundo como invención. 1986.
Hola Alejandro, gracias por tu aportación!
La verdad es que sí que sería el 18, qué bueno.
Al final el Joker del comodín debería cambiarse por un camello, jaja... :)
Un saludo
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